lamentablemente estamos bien

Lamentablemente estamos bien, de Leila Macor: por qué debes leer este divertido libro de viajes

Hay muchas maneras de conocer las costumbres de los uruguayos. Una de ellas es, cómo no, viajando a Uruguay y viviendo con ellos. Pero para quien no quiera o no pueda hacerlo quedan otras opciones, como la lectura. Una divertida y ligera recomendación es el libro Lamentablemente estamos bien, de mi amiga Leila Macor.

De qué trata Lamentablemente estamos bien

lamentablemente estamos bien

Leila es una periodista venezolana que durante un tiempo estuvo escribiendo una columna semanal en una revista del periódico uruguayo El Observador. Desde su óptica extranjera, en ella desgranaba todo lo que le llamaba la atención de la forma de ser de los uruguayos. Lamentablemente estamos bien recoge esos textos y otros nuevos en los que predominan el humor, la ironía y el costumbrismo.

Los temas son muy dispares y curiosos: el problema para cambiar billetes grandes en las tiendas, la justificación innecesaria de cualquier gasto que pueda parecer exorbitado, la velocidad de los taxistas en Montevideo o el amor por el mate y el dulce de leche. Aportarán conocimiento al foráneo y un gesto de asentimiento o indignación en quienes conozcan el país, según estén de acuerdo o no. Y en cualquiera de los casos seguro que sacarán una sonrisa o más.

La autora: Leila Macor

Leila Macor (Caracas, 1971) es periodista y escritora. En la actualidad, trabaja como corresponsal en Miami para la agencia de noticias AFP. Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela, a mediados de los 90 llegó a Montevideo. En la Universidad Católica de la capital uruguaya estudió Ciencias de la Comunicación. Fruto de sus estancias en el paisito son las columnas y episodios de Lamentablemente estamos bien.

Además de Lamentablemente estamos bien, es la autora de otro libro muy divertido: Nosotros los impostores. Textos sobre «lo fútil y lo sustancial», mi favorito es uno en el que cuenta lo que le pasó al comprar sellos para una carta.

Fragmentos de Lamentablemente estamos bien

Dejo a continuación algunos fragmentos de Lamentablemente estamos bien, que no está disponible en Amazon. Ahí sí puedes comprar Nosotros los impostores. También, puedes leer otras reseñas mías de comedias, como Armarios y fulares.

-¿Y vos qué hacés acá? -es la primera pregunta que se le hace aquí a cada extranjero que aparece, apenas uno musita un «buen día» y revela su acento.
Si la respuesta es tan vaga como la mía (vine porque me gusta), me miran como si fuera una extraterrestre. Las únicas respuestas que los uruguayos aceptan como válidas son:
-Soy segundo oficial del Consulado de Chipre.
-Me enamoré de un/a uruguayo/a.
-Vine a pasar aquí mi jubilación
-Me busca la Interpol.
Ante cualquiera de ellas, el curioso asiente, medianamente satisfecho, porque comprende que hay razones que, en contra de la voluntad del extranjero, lo fuerzan a permanecer aquí. De modo que con mayor o menor conmiseración lo dejan en paz. Lo que sin embargo no logran aceptar es que uno viva acá por la mera voluntad de hacerlo.

* * *

Si una mujer, por ejemplo, alaba los zapatos de otra, la respuesta de la segunda, invariablemente, es:
-¡Pero si los compré de oferta!
O, si los zapatos son visiblemente caros:
-Decidí hacer una inversión porque necesitaba un par de buenos zapatos que me duraran diez años, ¿sabés?
Y si alguien se compra un auto también debe justificarse, so pena de que los demás se pregunten en qué curro andará metido: «Decidí comprarlo porque lo van a usar hasta mis nietos. Con las cuotas no es tan difícil de pagar».
-¿Así que fuiste al Caribe de vacaciones?
-Sí, pero ¿sabés que no es caro? Fijate, el pasaje cuesta…

* * *

¿Qué pasa con el cambio en este país? ¿No hay suficientes monedas, no hay bastantes billetes de baja denominación? Éste debe de ser el único lugar en el mundo donde un comerciante prefiere dejar de vender un producto antes que conseguir cambio para poder cobrarle a un cliente.
El resultado es que cada vez que le alargo un billete a un proveedor me tiembla un poco la mano, como el delincuente que entrega temeroso su cédula de identidad a un policía que se la pide por rutina.
«Me lo va a pedir, me lo va a pedir, me lo va a pedir», recito en mi interior, como un mantra. Sudo frío. Hasta que finalmente lo escucho:
-¿Más chico no tenés?

* * *

Derrumbar la montañita o revolver la bombilla deben de ser las dos cosas que más enfurecen a los orientales, atacados en su más caro valor patrio. Equivale, en pequeña escala, a hacer estallar una embajada uruguaya en el exterior.
Los extranjeros somos la amenaza terrorista que se cierne sobre esa diminuta misión diplomática que es una matera y su contenido. Cada vez que cebo mi propia yerba debo esperar a que pasen los diez primeros minutos para que se aplaquen los comentarios de todos los presentes, que tienen muchas cosas que decir, más o menos ingeniosas, sobre la venezolana que está tomando mate. No entienden que uno ya pertenece al exclusivo club de los que explican con actitud suficiente el asunto de la montañita y del agua tibia previa.

La imagen principal es propiedad de Greta Schölderle Møller | Unsplash

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