Píldoras brasileñas (I)

Río de Janeiro se despierta antes que cualquier ciudad española. Antes de que suene la alarma ya te han levantado de la cama vecinos, coches y aviones en alegre sinfonía mañanera.

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Brasileños y españoles compartimos muchas marcas comerciales, algunas con el mismo nombre (Nestlé o Tang, por ejemplo) y otras no. De estas últimas y de momento, mi favorita es Moça para nuestra La lechera.

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En el supermercado al que voy a comprar no hace falta pagar las bolsas para llevar la compra. Cada vez que vas, más plástico. Eso quiere decir que no se preocupan por el medio ambiente. O sea, que no hay crisis económica.

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Cerca de la playa de Botafogo me he cruzado ya con varios hombres sin camiseta que caminan por la calle o se toman algo en un bar sin mayor problema. No me imagino lo mismo en Madrid.

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Además, me ha llamado la atención que muchos hombres llevan tatuajes en los brazos. Suelen ser un dibujo que lo circunda, de color rojo o verde, como un brazalete o una cadena grande. Tengo que preguntar qué es.

Imagen: Exterior del Museo do Índio, dedicado a las tribus indígenas de Brasil, en el barrio de Botafogo.

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Botafogo

A primera vista, Botafogo es un barrio tranquilo, de edificios bajos y más bien antiguos. Un pequeño paseo te muestra la decadencia de muchos de ellos, de un pasado glorioso que ya no regresará.

Botafogo se pone en marcha muy temprano. Si ya a las seis de la mañana la claridad del cielo es total (a la espera del cambio horario que retrase este momento), en dos horas la calle se llena del bullicio propio del Madrid de media mañana. Suenan los coches pasar a toda velocidad (el tráfico es muy ruidoso, horrible), la gente hablar o, incluso, algún que otro avión que vuela bajo y de forma estremecedora.

El tiempo pasa aquí más despacio. Esa es la sensación que me da. Los relojes se detienen y cuando te das cuenta has ido a la playa, comprado un adaptador universal de corriente o hecho el carné de socio de la biblioteca del Cervantes antes de que sean las seis de la tarde y comience a anochecer.

De momento, tenemos un tiempo de lujo. El miércoles, por ejemplo, hizo una especie de hermoso día primaveral español: ni frío ni calor, con una ligera brisa cerca de la Praia de Botafogo.

La foto, que disparé el jueves desde la terraza del Botafogo Praia Shopping (un centro comercial como los españoles) es del Pan de Azúcar, quizá el más famoso de los múltiples morros que hay en Río de Janeiro. A su derecha, el morro de Urca.

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Bem-vindos a Rio de Janeiro

Compruebas que Río de Janeiro es una ciudad de contrastes desde el momento en que sales del aeropuerto, tomas el autobús que te lleva a la ciudad y comienza a recorrer las carreteras que circunvalan la ciudad y las calles que la conforman. Según avanza y antes de adentrarse en la jungla de edificios de variada construcción, puedes ver casas de grandes bloques de ladrillo, donde deduces que viven los más humildes. Después, vienen grandes edificios industriales, mientras que de fondo, en la oscuridad de la noche, crees divisar el Morro Dois Irmãos.

El autobús ya entra en Río de Janeiro. Ya es de noche. La ciudad maravillosa (no lo digo yo, lo dicen sus habitantes, que la llaman la cidade maravilhosa) muestra al recién llegado múltiples diferencias entre los edificios de oficinas, las grandes edificaciones al estilo de las madrileñas como una antigua sede del Banco Central do Brasil o el Theatro Municipal e inmuebles en plena decadencia que recuerdan un pasado de origen portugués. En las calles se aglomera la gente que espera el autobús (mucha, muchísima), que camina a saber dónde o que pasea al perro. Entre las numerosas sucursales del Banco Santander que me cruzo se encuentran puestos de comida rápida donde, si me entra morriña, podré comprar churros.

¿Churros rellenos de dulce de leche? ¡Eso hay que probarlo!

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